Cuando termina una semana en Argentina existe una especie de alivio. Sobre todo después de días intensos en materia política, en los que cualquier movimiento brusco puede significar el desmoronamiento de la endeble estructura económica a la que ya nos hemos acostumbrado. Ese movimiento zigzagueante también nos deja ciegos frente a otras cosas que hoy podríamos celebrar. Quizás sin darnos cuenta, estamos a pocos meses de que los estudiantes de todos los niveles finalicen un año completo de clases. Después de dos ciclos lectivos en los que el dictado se vio interrumpido en diversas ocasiones por la pandemia, los escolares terminarán un período completo. De hecho, hace pocos días 312 escuelas tucumanas reabrieron sus puertas luego del receso invernal con la implementación de la jornada extendida, con el objetivo de mejorar los índices de aprendizaje y recuperar el tiempo perdido durante los momentos más duros de la cuarentena. Luego se sumarán 318 escuelas más para que un total de 150.000 niños y niñas comiencen a recibir 25 horas de formación semanales.
Más horas de estudio seguramente servirán para más contenidos. Más presencia de los chicos en las aulas permitiría trabajar en la comprensión de los saberes necesarios que luego se convertirán en posibilidades laborales.Sin embargo, esta semana se conoció un dato alarmante que afecta principalmente a las escuelas públicas del interior del país. Según reveló un informe de TN, la mitad de ellas no tiene conexión a internet. Documentos del Ministerio de Educación de la Nación revelan que de 51.745 establecimientos de gestión estatal un 47% no cuenta con esta herramienta fundamental para el saber y el aprendizaje.
Dicho porcentaje es un promedio, ya que si se pone la lupa en las instituciones educativas de las provincias, los números son más altos..
La pandemia supuestamente nos había dejado aprendizajes. Supimos que contar con internet para la educación no es un privilegio, sino una necesidad. A diario conocemos las historias de jóvenes que quieren irse del país porque, según ellos, aquí no tienen futuro. ¿Qué podrán decir entonces aquellos jóvenes que hoy están aprendiendo desconectados del mundo? No es sólo una cuestión de futuro, es el presente que azota a una generación que necesita cada vez más recursos para una Argentina rica en incertidumbres. En abril de este año, el flamante Secretario de Comercio, Matías Tombolini, anunció que todas las escuelas del territorio nacional tendrían conexión a internet en los próximos tres años.
Antes de que asumiera como hombre clave de Sergio Massa en el Ministerio de Economía, Tombolini estaba al frente de Arsat, la empresa estatal de telecomunicaciones. Desde allí prometió una inversión de 445 millones de dólares “para que todos los estudiantes del sistema público del país puedan acceder a Internet de banda ancha”. En dicho anuncio, Tombolini dijo que de 20 millones de alumnos, solo 6 millones tienen conexión en sus colegios. Es decir, un 70% no cuenta con internet, pero el plan es que en los próximos años, los 14 millones de chicos restantes puedan disponer de esta posibilidad aún relegada.
¿Será capaz el Gobierno de cumplir con su promesa más allá de los enroques de figuras que realizó en los últimos días? Los estudiantes de escuelas públicas deben estar en la lista de prioridades no solo de los funcionarios, sino de las estructuras estatales que aseguren una educación de calidad, plena y universal. Si no es así, la torre de madera que construimos será cada vez más frágil, sin bases ni proyección.